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La primera semana en el yate había transformado el concepto mismo de refugio. El Artemis se deslizaba por las aguas del Mediterráneo con una gracia que desmentía su tamaño imponente, sus cuarenta metros de eslora cortando las olas como si el océano mismo hubiera decidido colaborar con su huida. Valeria observaba desde la cubierta superior cómo la costa española se convertía en una línea borrosa en el horizonte, consciente de que cada kilómetro de distancia era un kilómetro ganado contra Marcus y