La luz del lunes por la mañana se filtraba a través de las ventanas del consultorio médico con esa claridad particular que solo las mañanas de agosto sabían ofrecer a Madrid. Valeria observaba el monitor de ultrasonido mientras la doctora Herrera deslizaba el transductor sobre su vientre, ahora notablemente redondeado bajo la bata médica.
Veinte semanas. La mitad del camino.
El número resonaba en su mente con una mezcla de alivio y aprensión. Había llegado más lejos con este embarazo que con los