La mañana del jueves llegó con una inquietud que Enzo no podía ignorar. Valeria lo observó desde la cama mientras él revisaba su teléfono por quinta vez en menos de diez minutos, el ceño fruncido y la mandíbula tensa de esa manera que había aprendido a reconocer como señal de problemas inminentes.
—¿Qué pasa? —preguntó finalmente, incorporándose con cuidado. A las veinte semanas, los movimientos bruscos ya no eran una opción.
Enzo giró la pantalla hacia ella. El mensaje era breve, enviado desde