La luz del hospital había perdido su calidad opresiva después de siete días. Ya no era el resplandor clínico que Valeria había llegado a asociar con el miedo y la incertidumbre, sino algo más suave, casi reconfortante mientras observaba a través del cristal de la NICU cómo las enfermeras revisaban los monitores de Mateo y Lucas.
Dos kilos cien gramos. Uno novecientos.
Los números brillaban en las pantallas digitales como pequeños milagros. Una semana atrás, cuando los habían evacuado del búnker