La luz matutina del miércoles se filtraba a través de las ventanas del hospital con esa claridad fría que parecía burlarse de la fragilidad de todo lo que Valeria había construido. Dos días. Habían pasado solo dos días desde que Mateo y Lucas habían llegado al mundo con diez semanas de anticipación, dos días de monitores constantes y respiradores diminutos, de contar cada segundo que sus hijos permanecían vivos.
Valeria estaba en la silla de ruedas junto a la ventana de su habitación cuando escu