La primera contracción llegó como un puño de hierro cerrándose alrededor de su vientre. Valeria se dobló sobre sí misma en la cocina de la residencia, el vaso de agua resbalando de sus dedos y estrellándose contra el suelo de mármol en una explosión de cristales.
—¡Enzo! —Su grito desgarró el aire matutino.
Él apareció en segundos, Lorenzo aún en brazos, su rostro transformándose del susto inicial a algo mucho más aterrador: reconocimiento. Había visto esa expresión de dolor antes, hacía apenas