La dirección que Franco había dejado en la nota llevaba a un polígono industrial en las afueras de Madrid, una zona de naves abandonadas y calles desiertas que parecían diseñadas para tragedias. Valeria observó el almacén número dieciocho desde el asiento trasero del vehículo blindado, sus manos aferradas al teléfono mientras los agentes de seguridad evaluaban la situación.
—No hay movimiento visible —informó el comandante a través del intercomunicador—. Pero eso no significa que esté vacío.
El