La oscuridad del hospital se había convertido en un abrazo sofocante cuando Valeria despertó con la certeza de que algo estaba terriblemente mal. No había sido un sonido lo que la había arrancado del sueño inquieto, sino esa sensación primitiva que helaba la sangre cuando el peligro acechaba cerca.
El reloj digital de la mesilla marcaba las tres y cuarto de la madrugada. A su lado, la cama de Sebastián permanecía vacía, las sábanas apenas arrugadas como si hubiera salido hace poco. Probablemente