La luz del amanecer se filtraba suavemente a través de las cortinas de algodón del apartamento cuando el llanto de Lorenzo atravesó el silencio de la madrugada. Valeria despertó inmediatamente, su cuerpo respondiendo con ese instinto maternal que había desarrollado durante las dos semanas transcurridas desde el nacimiento. Pero antes de que pudiera levantarse, escuchó los pasos apresurados de Sebastián en el pasillo.
—Ya voy yo —murmuró su voz desde la habitación de huéspedes donde había estado