La tarde del viernes pintaba Madrid con tonos dorados cuando Valeria ajustó el cinturón de maternidad bajo su vestido azul marino. Treinta semanas. El número resonaba en su mente mientras observaba su reflejo en el espejo del dormitorio. Lorenzo se movía con energía renovada, como si también sintiera la anticipación que la embargaba.
Sebastián llegaría en media hora para su quinta cita oficial, aunque habían perdido la cuenta de los encuentros casuales que se habían convertido en rutina durante