La luz del martes por la mañana se colaba entre las cortinas del dormitorio, pero Valeria había estado despierta desde las cuatro. Sus ojos permanecían fijos en el techo mientras las náuseas matutinas se mezclaban con algo mucho peor: la culpa que le carcomía las entrañas como ácido.
Entregamos humanos a torturadores.
La frase se repetía en su mente una y otra vez, implacable. No importaba cuántas veces intentara justificarlo, racionalizar la decisión que habían tomado. Al final, se reducía a es