El reloj de la sala de juntas de la Torre Sinclair-Moore no marcaba la hora; marcaba el tiempo de vida que le quedaba a Silas Sinclair. Veinticuatro horas. Un suspiro en la cronología de un imperio, pero una eternidad cuando el destino de un padre y la estabilidad de una nación pendían de un hilo. Leonard y Katie, ahora socios por elección y no por contrato, se inclinaban sobre un mapa táctico holográfico de la clínica "White Rose" en Long Island.
—No podemos entrar con un ejército —dijo Leonar