El silencio en la Torre Sinclair-Moore era más pesado que el estruendo de cualquier batalla. Leonard Sinclair permanecía sentado tras el escritorio de ébano, observando el horizonte de Manhattan mientras la penumbra de la tarde devoraba los últimos rastros de luz. El vaso de whisky frente a él estaba intacto; no buscaba el olvido del alcohol, sino la claridad del dolor. Katie se había ido. Se había llevado al niño y, con ellos, la única razón por la que sus piernas aún se molestaban en sostener