La furgoneta de Marek rugía por las carreteras secundarias de Maine, esquivando los focos de los helicópteros que patrullaban el cielo como ojos de dioses vengativos. En el asiento del copiloto, Katie Moore apretaba el maletín criogénico contra su regazo. El cronómetro digital parpadeaba en un rojo frenético: 04:12 minutos para la degradación total. El frío del nitrógeno residual le entumecía los muslos, pero el calor de la ansiedad le quemaba la garganta.
—¡Marek, más rápido! —exclamó Katie, m