La lluvia en los muelles de Nueva Jersey no era agua, era una cortina de plomo líquido que golpeaba las estructuras oxidadas de los almacenes con una violencia rítmica. El olor a salitre, gasoil y metal mojado inundaba el aire, creando una atmósfera de aislamiento absoluto. En el corazón del hangar de Marek, el silencio se rompió no por un sonido, sino por una ausencia: la frecuencia de radio que Leonard monitoreaba se quedó muda.
—Están aquí —dijo Leonard. Su voz no salió de su garganta, sino