El refugio en los suburbios industriales era un útero de acero y sombras donde el tiempo parecía haberse detenido. Marek, el viejo transportista, se mantenía en la planta superior, vigilando los escáneres de frecuencia, mientras en el sótano, el aire estaba saturado de un olor penetrante a ozono, aceite hidráulico y soldadura de precisión. Katie descendió las escaleras metálicas con el corazón todavía acelerado tras la infiltración en el Waldorf Astoria. Llevaba la copa con el ADN del impostor