El eco de la declaración de guerra de Leonard aún vibraba en las molduras de oro del salón, pero la fiesta se había disuelto en un silencio sepulcral. Los invitados se habían retirado como ratas que huelen el incendio antes de que aparezca la primera llama. Katie caminaba por los pasillos de mármol de la mansión, sintiendo que las paredes se cerraban sobre ella. El aire estaba cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de sus brazos se erizara.
Dobló la esquina hacia el ala est