El estruendo del colapso de la Fortaleza Blanca en el Ártico no era solo el sonido del metal retorciéndose bajo el frío extremo; era el lamento de un imperio que se negaba a morir. Leonard Sinclair, con la respiración convertida en girones de vapor blanco, se encontraba en el epicentro del Sector Chronos. Frente a él, el escenario era una pesadilla geométrica: dos mujeres idénticas, con el mismo rostro que Thomas Moore había diseñado para la perfección, lo miraban con una intensidad que paraliz