El aire en los niveles inferiores de Libertia se había vuelto denso, cargado con el olor a ozono y la vibración sorda de los generadores de fusión que mantenían a flote la metrópolis. El cronómetro de la bomba de materia oscura, instalada por Elara en el corazón térmico de la ciudad, parpadeaba con una luz violeta que parecía latir al ritmo de un corazón artificial. Quedaban veintidós minutos para que la utopía de Silas Sinclair se convirtiera en un rastro de vapor sobre el Pacífico.
En el cent