El eco del vitral rompiéndose aún vibraba en los oídos de Leonard cuando sus pies tocaron el suelo de los jardines vaticanos. La noche de Roma, habitualmente cálida y serena, se había transformado en un laberinto de sombras acechantes y el destello intermitente de las linternas tácticas. Leonard sentía que su columna de silicio protestaba, enviando descargas eléctricas a sus extremidades; el esfuerzo de la batalla en el refectorio estaba llevando su cuerpo al límite. A su lado, Katie se movía c