El horizonte comenzó a sangrar en tonos púrpuras y dorados mientras el avión privado descendía hacia una región del Pacífico Sur que, según los mapas oficiales de navegación, no contenía más que aguas abisales. Katie, recuperada del agotamiento metabólico pero con una nueva intensidad vibrando bajo su piel, apretaba la mano de Leonard. Él, con el costado vendado y el rostro marcado por la sospecha, no despegaba la vista de la nuca de Malcom.
—Ya casi llegamos —anunció Malcom, ajustando los cont