El estruendo de la explosión en la pared sur de Blackgate aún vibraba en el aire cuando el camión blindado, conducido por Katie con una precisión que rozaba lo sobrenatural, derrapó en el asfalto mojado. Las sirenas de la policía de Nueva York convergían hacia ellos como una jauría de lobos hambrientos. Leonard, sentado en el asiento del copiloto, observaba a su esposa. No había rastro de la mujer asustada que una vez recorrió los viñedos; en su lugar, había una guerrera de mirada gélida y movi