Serafina empezaba a odiar el hecho de que ahora todo el mundo la mirara. No de forma descarada, pero sí lo suficiente como para que ella se diera cuenta. Las miradas de los sirvientes se prolongaban demasiado. Los guardaespaldas de Dante también eran cada vez más numerosos.
Lalita, que siempre venía a la habitación con mucha fruta, zumos y leche. Y cada vez que se levantaba demasiado rápido o parecía cansada, toda la mansión se ponía como si el mundo fuera a acabarse. Sobre todo Dante.
“¿Por qu