Seguía lloviendo a cántaros cuando Dante regresó a la mansión principal de los Romano. El ambiente dentro del coche resultaba casi asfixiante. Antonio estaba sentado en el asiento delantero con la mandíbula apretada, mientras que Dante permanecía en silencio en el asiento trasero, con la mirada perdida en el exterior a través de la ventanilla.
Sin embargo, era precisamente el silencio de Dante lo más peligroso. Antonio conocía el carácter de Dante desde hacía tiempo como para saber a ciencia ci