Aquella pequeña habitación parecía ahora mucho más estrecha debido a la tensión que sentía Lalita. Mientras tanto, Lalita seguía de pie, inmóvil, frente a la vieja caja de madera que acababa de cerrar de un golpe. El sonido de la lluvia fuera de la mansión se oía cada vez más fuerte y golpeaba con más intensidad la pequeña ventana de la habitación.
“Abre la puerta, Lalita. Sé que estás ahí dentro,” dijo Luciano una vez más, con un tono aún más relajado.
Pero, aun así, esa calma hacía que la sit