SAMIRA
El zumbido del jet privado era lo único que llenaba el silencio gélido de la cabina mientras sobrevolábamos el continente hacia el sur. Eran las tres de la mañana. Anthony dormía en el asiento frente a mí, envuelto en una manta térmica, con la cabeza apoyada en el regazo de Rouse. Stefan vigilaba la ventana, con la mirada perdida en la oscuridad de las nubes, mientras Kadyel y yo compartíamos la USB que habíamos rescatado de la nieve.
De repente, el niño se removió. Sus ojos, uno azul y