ELENA
El papel de la carta de Alaric crujía entre mis dedos, una reliquia de un tiempo donde el amor aún no estaba manchado por la guerra.
Miré a Rouse; sus ojos estaban rojos, pero la desconfianza que había nacido en el búnker de Islandia se había evaporado, reemplazada por una determinación feroz.
Nos pusimos en pie y caminamos hacia la sala principal del fuerte.
Alaric y Stefan estaban junto a las aspilleras de piedra, revisando sus armas mientras las luces de la Orden de los Nueve rodeaba