ELENA
El aire de Canadá nos recibió con una bofetada de escarcha y recuerdos.
Al cruzar el umbral de la mansión Van der Meer, el silencio no era vacío, sino expectante.
En cuanto Alaric cerró la pesada puerta de roble reforzado, las luces de la estancia se encendieron gradualmente, revelando una tecnología que superaba cualquier cosa que hubiéramos visto en los búnkeres de los Vossen.
—Bienvenidos a casa, Elena, Rouse —una voz femenina, cálida pero con un matiz metálico, llenó la estancia.
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