ELENA
El aire en la Clínica Saint-Moritz no olía a medicina, sino a finalidad.
El frío de los Alpes suizos golpeaba los cristales reforzados del ala de máxima seguridad, donde Rouse y yo habíamos logrado entrar usando la última brecha de seguridad que los códigos de mi madre nos permitieron.
Mis manos temblaban, no por el frío, sino por el peso del positivo que cargaba en mis entrañas y la rabia que aún quemaba mis venas.
Llegamos a la habitación 909.
La puerta se deslizó sin ruido.
Allí, s