ELENA
El estallido de la Clínica Saint-Moritz seguía retumbando en mis oídos, un eco persistente que amortiguaba el sonido de las aspas del helicóptero.
Miré mis manos; estaban cubiertas de un polvo grisáceo, los restos de la habitación donde mi madre se había convertido en ceniza para comprarnos una libertad que se sentía demasiado pesada.
En mi regazo, el sobre de seda negra quemaba. Lo apreté contra mi vientre, donde la vida que crecía —ese pequeño Vossen o Van der Meer— parecía haber guard