ELENA
El aire de la biblioteca se sentía como plomo líquido.
La imagen de mi madre en la pantalla, viva y cautiva, era el detonante de una explosión interna que llevaba semanas gestándose.
Alaric estaba frente a mí, su figura imponente bloqueando la salida, sus ojos grises fijos en los míos con esa mezcla de adoración maníaca y control absoluto que ahora me asfixiaba.
—¡No me toques! —le grité cuando intentó dar un paso hacia mí. Mi voz sonó rasgada, extraña a mis propios oídos—. Cada vez que