ELENA
El olor a sexo y humo de leña fue reemplazado, en un latido, por el hedor metálico y dulzón de la sangre arterial.
Stefan estaba pálido, una sombra de sí mismo, desplomado sobre la mesa de madera donde hace apenas una hora yo imaginaba una cena tranquila. La cabaña, mi pequeño santuario de pieles y susurros, se transformó en una carnicería iluminada por la luz vacilante de las lámparas de aceite.
—¡Elena, haz algo! —el grito de Rouse fue un cuchillo que cortó el aire. Estaba temblando, s