ROUSE
El silencio de la cabaña era denso, roto solo por el crepitar de la leña y la respiración errática de Stefan.
El aire olía a antiséptico, a caldo de pollo que burbujeaba en la estufa y a ese aroma metálico que la sangre deja cuando se niega a abandonar una habitación.
Elena y Alaric se habían ido a la ciudad, dejándome a cargo de una vida que pendía de un hilo de seda.
Nunca me sentí tan pequeña como en ese momento, sosteniendo una palangana con agua tibia y un paño limpio. Stefan, el h