ELENA
El aire en la Bóveda del Silencio se volvió irrespirable.
No era solo el frío del glaciar, sino la presencia de ese hombre, Magnus Vossen, que se alzaba como una gárgola de mármol frente a nosotros.
Sus ojos, los mismos que me habían observado desde retratos al óleo en la mansión, ahora me diseccionaban con una frialdad clínica que hacía que Alaric pareciera un principiante en el arte de la intimidación.
Alaric no se movió, pero sentí cómo cada uno de sus músculos se tensaba hasta el pu