ELENA
El frío de Islandia no era solo una condición climática; era un ente vivo que rascaba los cristales de la casa de piedra, reclamando su derecho a entrar.
Pero dentro, el aire estaba saturado de algo mucho más denso y peligroso que el nitrógeno: la presencia de Alaric Vossen.
Él estaba de pie frente al ventanal, con el torso desnudo y el vendaje blanco resaltando contra la piel bronceada y marcada por las cicatrices de una vida dedicada al control.
Observaba las auroras boreales con una