ELENA
El sonido de la primera detonación no fue un estruendo, fue un sismo que subió desde las plantas de mis pies hasta la base de mi cráneo.
El búnker, esa mole de ingeniería supuestamente impenetrable, gimió bajo el ataque de los Arquitectos. Alaric no perdió un segundo; me arrastró por el pasillo de rejilla metálica que sobrevolaba el abismo de servidores.
Abajo, miles de luces led parpadeaban como ojos eléctricos, observando nuestra caída.
—¡Muévete, Elena! —rugió Alaric. Su mano no solo