ELENA
La paz en la Toscana no fue un final, sino una tregua necesaria.
La burbuja de amor, girasoles y confesiones bajo los cipreses estalló la mañana en que llegó la carta de Roma.
No era papel crema ni caligrafía elegante; era un trozo de pergamino arrugado, con el sello del convento, pero escrito con una letra frenética que apenas reconocí como la de Rouse.
—Alaric, mira esto —dije, sintiendo que el frío regresaba a mis huesos.
Él tomó el papel.
Sus ojos grises escanearon las palabras, qu