ELENA
La Toscana seguía regalándonos amaneceres que parecían pintados al óleo.
Mi vida al lado de Alaric se había transformado en algo que mi mente de psiquiatra intentaba procesar con cautela, pero que mi corazón aceptaba con una sed desesperada.
Ya no era solo la Luz de Luna de Alaric; me sentía como la guardiana de una paz que pendía de un hilo de seda.
Esa mañana, decidí que quería devolverle un poco de la luz que él me había entregado con sus cartas y sus girasoles.
Alaric había salido