ELENA
El tiempo en el ático de Alaric Vossen ha dejado de medirse en horas.
Ahora se mide en latidos, en el silencio opresivo de las paredes acolchadas y en el aroma a sándalo que impregna cada centímetro de mi piel.
Han pasado semanas desde la noche en que el suelo del garaje se tiñó con la sangre de Miller.
Semanas desde que vi a Rouse desaparecer en la oscuridad de la ciudad.
Mi vida se ha reducido a una habitación de lujo que es, en realidad, una cámara de privación sensorial dorada.
No