ELENA
El aire en los pasillos subterráneos del edificio Vossen olía a polvo, electricidad estática y a la promesa de una libertad que me quemaba los pulmones.
Eran las 3:12 de la mañana.
Miller caminaba delante de mí, con su arma reglamentaria en la mano y la mirada fija en las sombras. Llevábamos a Rouse entre ambos; mi hermana apenas podía sostenerse en pie, drogada y confundida, pero viva.
—Casi estamos en el garaje, señora Vossen —susurró Miller. Su voz temblaba ligeramente, una grieta de