ELENA
El muelle de la zona industrial olía a salitre, óxido y muerte inminente.
El aire estaba cargado de una tensión eléctrica mientras Alaric me guiaba, con su mano firme en mi cintura, hacia el almacén donde la subasta de mi hermana estaba a punto de comenzar.
Yo temblaba, no de frío, sino de un pánico visceral que amenazaba con apagar mis sentidos ero Alaric no permitió que me derrumbara; su presencia era el anclaje que me mantenía en pie en medio de la tormenta.
La intervención no fue su