ELENA
El monitor frente a mí emitía una luz azulada y fría que hacía que la piel de mi hermana, Rouse, pareciera la de un cadáver.
Verla allí, temblando en esa habitación acolchada, era como ver mi propia alma siendo desollada.
Alaric estaba sentado a mi lado, saboreando una copa de coñac con una parsimonia que me daban ganas de clavarle la copa en la garganta.
—Es hora, Elena —dijo él, dejando la copa sobre la mesa de cristal—. Tu hermana lleva doce horas en silencio. Su mente está empezando