ELENA
El despertar en Dubái no tiene nada que ver con el despertar en mi viejo apartamento en ruinas.
Aquí no hay olor a humedad ni el sonido de las patrullas a lo lejos.
Aquí, el silencio es tan caro como el mármol que recubre las paredes.
Me quedé inmóvil bajo las sábanas de seda de mil hilos, sintiendo el peso del brazo de Alaric todavía rodeando mi cintura.
Mi cuerpo me dolía; era un dolor sordo, una mezcla de fatiga física y una humillación que empezaba a transformarse en algo más dens