ELENA
El sonido de la cerradura electrónica fue el último contacto que tuve con el mundo racional. Después, solo quedó la nada.
Alaric cumplió su amenaza.
No me llevó a mi habitación habitual; me devolvió a la celda de castigo, pero esta vez sin la luz blanca.
La oscuridad era una entidad viva, una manta pesada que me robaba la noción de dónde terminaba mi cuerpo y empezaba el vacío. Me quité el vestido roto, incapaz de soportar el roce de la seda que aún olía a su perfume, y me quedé en ropa