ELENA
El silencio de la madrugada en el ático de Alaric es más pesado que el de la habitación de castigo.
Es un silencio que juzga, que vigila.
Me quedé inmóvil en la cama, escuchando la respiración rítmica de Alaric a mi lado. Su brazo, una cadena de músculo y posesión, rodeaba mi cintura, recordándome incluso en sueños que no soy libre.
Esperé hasta que el reloj digital marcó las 3:15 a.m. Con una lentitud agonizante, deslicé su brazo fuera de mí.
Mi piel gritó por el contacto perdido, una