ELENA
La luz blanca de la habitación de castigo me hería las pupilas, pero el calor de las manos de Alaric sobre mi piel hería algo mucho más profundo mi orgullo.
En un estallido de adrenalina pura, alimentado por el asco hacia mi propia debilidad, mis músculos reaccionaron.
No fue una bofetada.
Fue un ataque.
Empecé a golpearle el pecho con los puños cerrados, descargando cada gramo de odio, cada hora de oscuridad, cada centavo de la deuda que él decía que yo tenía. Alaric no se defendió de