Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo 4 – GRIETAS
Tres días pasaron sin que Alejandro la convocara.
Camila debería haberse sentido aliviada. En lugar de eso, se sorprendía acechando el más mínimo ruido en el pasillo, sobresaltándose cada vez que Rosa aparecía. Se odiaba por eso. Por esa espera. Por esa tensión que ya no la abandonaba.
Había visto su verdadero rostro. Sabía de lo que era capaz. Y sin embargo, una parte de ella una parte que se negaba a admitir quería entender. Quería saber qué había transformado a un hombre en monstruo.
El cuarto día, mientras atravesaba el jardín para ir a la biblioteca, oyó gritos. Gritos de dolor.
Camila se detuvo en seco, con el corazón acelerado. Los gritos provenían de un edificio al que nunca se había acercado una especie de hangar aislado, vigilado permanentemente. Rosa le había dicho que nunca se acercara allí.
Debería haber obedecido. Debería haber dado media vuelta y seguir su camino.
Pero sus pies la llevaron hacia el edificio, como atraídos por una fuerza invisible. Se escondió detrás de un árbol, observando. Dos guardias montaban guardia frente a la puerta metálica. Dentro, los gritos continuaban. Súplicas. Gemidos.
Camila sintió que el estómago se le encogía. ¿Qué pasaba allí dentro?
—No deberías estar aquí.
Se giró bruscamente. Un hombre estaba detrás de ella no un guardia, alguien a quien nunca había visto. Era más joven que los otros hombres de Alejandro, quizá veinticinco años, con el pelo castaño y ojos extrañamente dulces para alguien que trabajaba allí.
—Yo… paseaba tartamudeó Camila.
El hombre lanzó una mirada hacia el hangar, luego hacia ella.
—Los paseos no llevan hasta aquí. Ven. Antes de que los guardias te vean.
La tomó suavemente del brazo y la alejó del edificio. Camila se dejó guiar, demasiado conmocionada para protestar. Se detuvieron cerca de la piscina, lejos de oídos indiscretos.
—¿Quién… quién es usted? preguntó Camila.
—Diego. Soy contable del Señor. Gestiono los libros de cuentas, las transacciones, las inversiones legítimas. Bueno… tan legítimas como pueden serlo en este tipo de negocios.
—¿Contable? repitió ella, sorprendida. Ni siquiera sabía que… que este tipo de organización tuviera contables.
Él sonrió débilmente, casi con ironía.
—Hasta los carteles necesitan a alguien que gestione el dinero. Sobre todo los carteles, de hecho. Millones de dólares transitan cada mes. Sin organización, sin estructura, todo se derrumba. No soy un asesino, si eso es lo que te preguntas. Nunca he empuñado un arma en mi vida. Solo soy… el hombre que hace que el dinero llegue al lugar adecuado.
Camila lo observó. Parecía sincero. Casi… normal.
—¿Qué pasa en ese edificio? preguntó en voz baja.
Diego dudó, luego suspiró.
—No quieres saberlo.
—Sí, quiero saberlo.
La miró largamente, como si evaluara si podía soportar la verdad.
—Ahí es donde se interroga a los que traicionan al cartel. O a los que deben dinero. O… a los que desagradan al Señor.
Camila sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.
—¿Interroga? murmuró. Quiere decir… tortura.
Diego no respondió. Su silencio fue una confirmación.
—Y ese hombre… el que grita… ¿es Moreno?
—Probablemente uno de sus hombres. El Señor quiere información antes de… resolver el problema definitivamente.
Camila se llevó una mano a la boca. Sabía que Alejandro era peligroso. Pero oír los gritos, saber lo que ocurría a unos metros de ella, hacía que todo fuera terriblemente real.
—¿Por qué me dices todo esto? preguntó de repente. Ni siquiera me conoces.
Diego se encogió de hombros.
—Porque sé lo que es estar atrapado aquí. Yo no elegí esta vida. Tú tampoco, imagino.
Camila lo miró fijamente, sorprendida por esa empatía inesperada.
—¿Cómo llegó usted aquí?
Diego apartó la mirada, fijando el horizonte más allá de los muros.
—Malas decisiones. Malas personas. Era contable para una empresa de importación y exportación. Al menos, eso creía. Cuando descubrí que estaba blanqueando dinero para el cartel, ya era demasiado tarde. O continuaba, o desaparecía. Tengo una hermana. Una sobrina. Alejandro fue muy claro: si intentaba algo, ellas morirían. Así que aquí estoy. Prisionero en una jaula dorada, exactamente como tú.
Camila sintió que se le agarraba la garganta. No era la única atrapada allí. ¿Cuántos otros vivían en esa prisión disfrazada de palacio?
—Y ahora estoy atrapado continuó Diego. Si intento irme, muero. Mi familia muere. Así que hago mi trabajo, agacho la cabeza y espero que sea suficiente para mantenerlas con vida.
Puso una mano en su hombro.
—Tú también deberías agachar la cabeza. No intentes entender lo que pasa aquí. No hagas preguntas. Haz lo que te digan. Es la única forma de sobrevivir.
—No quiero solo sobrevivir murmuró Camila. Quiero salir de aquí.
Diego negó con la cabeza tristemente.
—Nadie sale de aquí. Vivo, al menos.
Con esas palabras, se alejó, dejándola sola con sus pensamientos y el ruido lejano de los gritos que aún atormentaban sus oídos.
Esa noche, Camila no tocó su cena. Se quedó sentada en su habitación, mirando al vacío, incapaz de ahuyentar las imágenes de su mente. Los gritos. El dolor. La crueldad.
Llamaron a la puerta. Se sobresaltó, esperando ver a Rosa. Pero era un guardia.
—El Señor quiere verte. Ahora.
Camila sintió que el corazón se le aceleraba. Quiso negarse, pero la mirada del guardia no dejaba lugar a la negociación. Se levantó, alisó su vestido y siguió al hombre a través de los pasillos.
Pero en lugar de llevarla hacia los aposentos privados de Alejandro o hacia su despacho, el guardia la condujo hacia el hangar.
No. Ahí no. Ese lugar.
—Yo… no quiero ir allí protestó.
El guardia no respondió. La empujó hacia la entrada. Los guardias apostados allí abrieron la puerta metálica.
El olor la golpeó primero. Una mezcla de sangre, sudor, miedo y algo más acre orina, quizá. El olor del terror absoluto. Camila se llevó instintivamente una mano a la boca y la nariz, pero nada podía filtrar esa peste que parecía pegarse a su piel.
Casi vomitó en el umbral.
El interior del hangar estaba débilmente iluminado por unas bombillas colgadas del techo, que se balanceaban ligeramente, proyectando sombras danzantes en las paredes de hormigón gris. En el centro, un hombre estaba atado a una silla metálica, con el rostro tumefacto, ensangrentado, casi irreconocible. Uno de sus ojos estaba cerrado, hinchado. Sangre le corría por la nariz, por la boca. Sus ropas estaban desgarradas, manchadas. Ya no gritaba. Gemía débilmente, un sonido animal, primitivo, que heló a Camila hasta los huesos.
Y de pie frente a él, con las mangas de su camisa arremangadas, las manos manchadas de sangre, estaba Alejandro.
Se giró al llegar Camila. Su rostro estaba tranquilo, casi sereno. Como si acabara de terminar una simple tarea administrativa.
—Camila dijo con voz neutra. Entra.
Ella no se movió, paralizada en el umbral.
—Yo… ¿por qué me ha traído aquí?
—Porque querías saber quién soy realmente respondió él simplemente. Ahora vas a ver.
Hizo un gesto con la mano. El guardia cerró la puerta tras Camila, atrapándola dentro.
Alejandro se acercó al hombre atado, agarró un puñado de su cabello y forzó su cabeza hacia atrás.
—Este hombre dijo tranquilamente ha traicionado al cartel. Ha vendido información a nuestros enemigos. Tres de mis hombres han muerto por su culpa.
El hombre gimió algo incomprensible.
—Merece morir continuó Alejandro. Pero primero debo saber quién más está implicado. Quién más ha traicionado.
Soltó al hombre, se giró hacia una mesa donde había dispuestas varias herramientas. Cuchillos. Alicates. Cosas que Camila ni siquiera quería saber para qué servían.
—Crees que soy un monstruo dijo Alejandro sin mirarla. Y quizá tengas razón. Pero en mi mundo, la debilidad es una sentencia de muerte. Si muestro piedad, si perdono una traición, firmo mi sentencia de muerte y la de todos los que dependen de mí.
Cogió un cuchillo, lo hizo girar entre sus dedos.
—Así que sí, torturo. Sí, mato. Porque es la única forma de mantener el orden. La única forma de sobrevivir.
Camila sintió que las lágrimas subían.
—Usted… no tiene que hacer eso. Hay otras formas…
—¿Qué formas? la interrumpió, girándose bruscamente hacia ella. ¿La justicia? ¿La policía? En mi mundo no hay justicia. Solo hay fuerza. Y miedo.
Se acercó a ella, con el cuchillo aún en la mano. Camila retrocedió hasta que su espalda chocó con la pared.
—Quiero que entiendas dijo suavemente. Quiero que veas que no hago esto por placer. Lo hago por necesidad.
—Siempre es una excusa murmuró Camila, con voz temblorosa.
Algo pasó en la mirada de Alejandro. ¿Dolor? ¿Ira? Imposible de decir.
Se apartó, volvió hacia el hombre atado.
—Mira ordenó. Mira lo que les pasa a los que me traicionan.
Camila cerró los ojos.
—Abre los ojos, Camila. O te obligaré a mantenerlos abiertos.
Obedeció, con las lágrimas corriendo libremente por sus mejillas. Vio a Alejandro hacer preguntas al hombre. Vio al hombre gemir, suplicar, finalmente quebrarse y dar nombres.
Vio a Alejandro asentir, satisfecho.
Luego lo vio levantar su arma y disparar un tiro en la cabeza del hombre.
Camila gritó. O quizá no emitió ningún sonido. Ya no lo sabía. Sus oídos zumbaban. Su corazón latía tan fuerte que amenazaba con estallarle en el pecho. El mundo daba vueltas a su alrededor.
Todo lo que sabía es que Alejandro acababa de matar a un hombre delante de ella. Sin dudar. Sin remordimiento. Como quien aplasta un insecto. El cuerpo se había desplomado sobre la silla, con la cabeza colgando hacia un lado, los ojos aún abiertos pero vacíos de toda vida. Un hilillo de sangre corría lentamente por el suelo de hormigón, formando un pequeño charco oscuro que se ensanchaba.
Camila no podía apartar la mirada del cadáver. Era la primera vez que veía un muerto. Un muerto de verdad. No en un ataúd, maquillado y tranquilo. Sino un cuerpo aún caliente, aún sangrante, al que acababan de arrancar la vida ante sus ojos.
Dejó el arma y se giró hacia ella.
—Ahora lo sabes dijo con calma. Ahora has visto quién soy realmente. Y tienes dos opciones, Camila. O aceptas esta realidad y aprendes a vivir con ella. O sigues odiándome y pasas el resto de tu vida encerrada en tu habitación, aterrorizada y rota.
Se acercó, secó una lágrima de su mejilla con el pulgar el mismo pulgar que estaba manchado de sangre.
—Pero te advierto. Si eliges el odio, no sobrevivirás mucho tiempo. Porque en este mundo no hay lugar para los débiles.
Con esas palabras, hizo un gesto al guarda para que abriera la puerta. Camila salió corriendo, con las piernas temblorosas, el estómago revuelto.
Corrió hasta su habitación, se derrumbó en la cama y vomitó en la papelera junto a la mesilla.
Esa noche no durmió. Se quedó sentada contra el cabecero, con las rodillas pegadas al pecho, reviviendo una y otra vez la escena.
El disparo. El cuerpo desplomándose. La mirada vacía del hombre muerto.
Y peor que todo: el rostro tranquilo de Alejandro. Como si no hubiera sido nada. Como si fuera solo otro día de trabajo.
Pero en medio del horror, un pensamiento se impuso.
No la había obligado a mirar por crueldad. La había obligado a mirar para que entendiera. Para que supiera exactamente a quién se enfrentaba.
Fue una prueba. Una lección.
Y lo peor es que una parte de ella una pequeña parte que odiaba lo entendía.
En su mundo, la piedad era una debilidad. La traición no podía perdonarse. La supervivencia estaba por encima de todo.
Nunca podría aceptar eso. Jamás.
Pero debía sobrevivir el tiempo suficiente para encontrar la forma de escapar.
Y para eso, tenía que seguir el juego.
A la mañana siguiente, cuando Rosa vino a buscarla, Camila se levantó sin protestar. Tenía los ojos rojos, hundidos, pero su rostro era una máscara de calma. Se vistió metódicamente, eligiendo un vestido gris sencillo. Se cepilló el pelo, se lavó la cara. Miró su reflejo en el espejo y no se reconoció.
¿Quién era esa mujer de ojos muertos? ¿Esa mujer que había visto a un hombre morir y que ahora se preparaba para enfrentarse a su asesino como si nada hubiera pasado?
Ya no lo sabía.
Desayunó en silencio, masticando mecánicamente sin saborear realmente la comida. Realizó sus tareas con precisión robótica. Ordenar. Clasificar. Limpiar.
Y cuando Rosa le anunció que Alejandro quería verla esa noche, ella simplemente asintió, sin temblar, sin llorar.
—Bien dijo Rosa, visiblemente satisfecha. Estás aprendiendo.
Pero Camila no aprendía. Actuaba. Sobrevivía.
No más lágrimas. No más gritos. No más rebelión abierta.
Si Alejandro quería que aceptara su mundo, ella fingiría. Llevaría la máscara. Interpretaría su papel.
Pero en secreto, en los rincones más oscuros de su mente, buscaría una salida. Estudiaría sus debilidades. Esperaría su momento.
Porque se negaba a convertirse en él. Se negaba a dejar que este mundo de violencia y sangre la transformara en algo que ya no reconocería.
Se negaba a dejar que las sombras la consumieran.
Todavía no. No hoy.
Quizá mañana. Quizá dentro de un mes.
Pero no hoy.







