Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo 3 – LOS PRIMEROS DESAFÍOS
Los días siguientes transcurrieron en una rutina asfixiante.
Camila se levantaba al amanecer, desayunaba bajo la mirada vigilante de Rosa, y luego le asignaban tareas. Ordenar la biblioteca. Clasificar documentos en el despacho secundario. Ayudar en la cocina. Corvés sin importancia, lo sabía.
Era una prueba. Alejandro quería ver si iba a rebelarse, si iba a quebrarse.
Ella se negaba a darle esa satisfacción.
Cada gesto, cada palabra, los controlaba meticulosamente. Se mantenía educada pero distante con los sirvientes. Obedecía las órdenes de Rosa sin protestar. Seguía el juego.
Pero por la noche, sola en su habitación cerrada con llave, apretaba los dientes hasta que le dolía la mandíbula. Contaba los días. Observaba. Planeaba.
La tercera noche, mientras ordenaba libros en la biblioteca, oyó voces en el pasillo. Voces de hombres. Graves. Amenazantes.
Camila se quedó inmóvil, con el libro que sostenía suspendido en el aire. Aguzó el oído.
—…no se fía de Moreno decía una voz que no reconoció. Ese hijo de puta ya nos traicionó una vez.
—El Señor lo sabe respondió otra voz, más profunda. Por eso quiere que vigiles el intercambio de mañana. Si Moreno intenta algo…
—Yo me encargo cortó la primera voz con una risa siniestra.
Los pasos se alejaron. Camila se quedó inmóvil, con el corazón acelerado. Un intercambio. Mañana. Con alguien de quien Alejandro desconfiaba.
Dejó el libro, con las manos temblorosas. ¿Por qué esa información la turbaba tanto? No era asunto suyo. Ni siquiera debería escuchar. Pero algo en el tono de esos hombres, en la amenaza apenas velada, le había helado la sangre.
—¿Terminaste aquí?
Camila se sobresaltó. Rosa estaba en el marco de la puerta, con los brazos cruzados.
—Casi respondió Camila forzándose a continuar con su trabajo.
—El Señor quiere verte después de la cena.
El corazón de Camila dio un vuelco en el pecho. Desde aquella primera noche, no la había convocado. Lo había visto de lejos, cruzando los jardines o saliendo de su despacho, siempre rodeado de hombres armados. Pero no le había dirigido la palabra.
—¿Por qué? preguntó a pesar suyo.
Rosa se encogió de hombros.
—No me toca a mí decírtelo. Estate lista a las ocho de la noche. Y ponte algo… decente.
Decente. La palabra resonó en la cabeza de Camila mucho después de que Rosa se hubiera ido.
A las ocho en punto, Rosa vino a buscarla. Camila había elegido un vestido sencillo pero elegante, azul marino, que le llegaba hasta las rodillas. Se había dejado el pelo suelto, negándose a hacer demasiado esfuerzo. No se maquillaría para él.
Rosa la condujo a través de los pasillos, pero esta vez no se detuvieron en el despacho ni en el salón. Salieron de la villa principal y cruzaron los jardines hacia un edificio separado que Camila había visto durante su visita guiada.
—¿Qué es esto? preguntó Camila.
—Sus aposentos privados respondió Rosa con tono neutro.
La sangre de Camila se heló. Sus aposentos privados. ¿Por qué la llevaban allí?
Rosa llamó a la puerta y luego la abrió sin esperar respuesta. Hizo un gesto a Camila para que entrara, luego cerró la puerta tras ella.
Camila se encontró sola en un espacio a medio camino entre un apartamento y un loft. Paredes de piedra vista, grandes ventanales que daban a las colinas lejanas, un mobiliario minimalista pero lujoso. Y en el centro, una mesa puesta para dos.
Alejandro estaba junto a la ventana, con una copa en la mano. Llevaba un pantalón negro y una camisa blanca con los primeros botones desabrochados. Su cabello estaba ligeramente despeinado, como si hubiera pasado la mano por él.
Se giró al oírla entrar, y una leve sonrisa curvó sus labios.
—Eres puntual. Está bien.
Camila no se movió de la entrada.
—¿Por qué estoy aquí?
—Para cenar respondió él simplemente. Siéntate.
—No tengo hambre.
Su sonrisa se ensanchó, pero sus ojos siguieron fríos.
—No era una pregunta, Camila. Siéntate.
Dudó, luego avanzó lentamente hacia la mesa. Tiró de la silla y se sentó, tiesa como un palo. Alejandro tomó asiento frente a ella, dejando su copa sobre la mesa.
Casi de inmediato, un sirviente entró con platos. Una entrada refinada, pescado a la parrilla, verduras. El sirviente sirvió en silencio y desapareció tan rápido como había llegado.
Camila miró fijamente su plato sin tocarlo.
—Deberías comer dijo Alejandro empezando su comida. El chef se ha esforzado esta noche.
—¿Por qué me ha hecho venir aquí? preguntó ella, ignorando su comentario.
Él se tomó su tiempo para masticar, tragar y luego dejar el tenedor.
—Porque quería hablar contigo. Lejos de los demás. Lejos de Rosa y sus estrictas reglas.
—¿Hablar de qué?
—De ti. De cómo te estás adaptando.
Camila apretó los puños bajo la mesa.
—No me adapto. Sobrevivo. No es lo mismo.
—No concedió. Pero es un comienzo.
Bebió un sorbo de vino, observándola por encima del borde de su copa.
—Rosa me dice que eres obediente. Que haces lo que te piden sin protestar. Es… sorprendente.
—¿Qué esperaba? ¿Que me lanzara contra las paredes gritando?
—Quizá admitió con una sonrisa de medio lado. La mayoría de las mujeres en tu situación ya habrían intentado huir. O peor.
—No soy estúpida replicó Camila. Sé que no puedo escapar. No por ahora.
Los ojos de Alejandro brillaron con un destello peligroso.
—¿No por ahora? ¿Así que sigues pensando en ello?
Camila sostuvo su mirada.
—Cada día.
Él rió, una risa baja que la hizo estremecerse.
—Al menos eres honesta. Lo aprecio.
Se levantó, rodeando la mesa para acercarse a ella. Camila se tensó, pero no se movió. Se detuvo detrás de su silla, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo.
—¿Sabes qué más aprecio? murmuró.
—No susurró ella.
—Tu valor. La forma en que te niegas a quebrarte, incluso cuando todo te dice que deberías. Es… raro.
Apoyó una mano en el respaldo de su silla, su brazo rozando su hombro.
—La mayoría de la gente que conozco o están demasiado asustados para mirarme a los ojos, o son demasiado arrogantes para entender el peligro. Tú no eres ni lo uno ni lo otro. Tienes miedo, lo sé. Pero te niegas a mostrarlo.
Camila apretó los dientes.
—Si cree que voy a darle las gracias por ese cumplido…
—No espero nada de ti la interrumpió. Todavía. Pero un día, Camila, entenderás que tu lugar está a mi lado. No debajo. No encima. A mi lado.
Se inclinó, sus labios rozando casi su oreja.
—Y ese día, ya no querrás irte.
Camila sintió un escalofrío recorrerla. Se levantó bruscamente, apartando la silla, poniendo distancia entre ellos.
—Se equivoca dijo con voz temblorosa. Me iré. De una forma u otra.
Alejandro la miró, divertido.
—Ya lo veremos.
Volvió a su sitio, se sentó y continuó con su cena como si nada hubiera pasado.
—Ahora come. Si no, el chef se ofenderá.
Camila quiso negarse. Quiso tirar el plato al suelo y salir. Pero algo en su mirada la disuadió. Volvió a sentarse, cogió el tenedor y comió en silencio.
El resto de la cena transcurrió en una tensión palpable. Alejandro hacía preguntas intrascendentes sobre su vida anterior, sus gustos, sus sueños. Camila respondía de forma evasiva, negándose a darle demasiado de sí misma.
Pero con cada respuesta, sentía su mirada intensificarse. Como si estuviera recolectando información. Como si la estuviera estudiando.
Cuando terminó la cena, él se levantó.
—Rosa te acompañará. Buenas noches, Camila.
Ella también se levantó, vacilante.
—¿Eso es todo?
Él arqueó una ceja.
—¿Qué más esperabas?
Camila no respondió. Dio media vuelta y salió rápidamente, con el corazón acelerado.
Los días siguientes, Alejandro la convocó cada noche. A veces para cenar. A veces solo para hablar. Nunca la tocaba, salvo esos roces «accidentales» que la ponían de los nervios.
Pero Camila empezaba a entender su juego.
No quería quebrarla. Quería domesticarla.
Y eso era mucho más peligroso.
El séptimo día, mientras clasificaba documentos en el despacho secundario, oyó una conversación que lo cambió todo.
Dos hombres hablaban en el pasillo. Uno de ellos era el hombre de la cicatriz que la había traído allí.
—El intercambio con Moreno salió mal decía. Tres de nuestros hombres han muerto. El Señor está furioso.
—Moreno pagará respondió el otro. No sabe con quién se está metiendo.
—El Señor quiere una reunión esta noche. Todos los tenientes deben estar presentes.
Camila contuvo la respiración. Una reunión. Esta noche.
Esperó a que los hombres se alejaran y luego salió discretamente del despacho. Su corazón latía con fuerza. ¿Por qué le interesaba esa información? No era asunto suyo.
Pero una vocecilla en su cabeza le decía que debía saber. Que debía entender quién era realmente Alejandro Castillo.
Esa noche, en lugar de volver a su habitación después de la cena, Camila se deslizó por los pasillos. Ya conocía las rondas de los guardias, los ángulos muertos de las cámaras. Se movió en silencio, con el corazón acelerado, hasta llegar a la puerta del gran despacho de Alejandro.
Voces se filtraban a través de la madera gruesa. Se pegó a la pared, aguzando el oído.
—Moreno cree que puede desafiarnos gruñó la voz de Alejandro. Cree que puede robarnos y salirse con la suya impunemente. Está equivocado.
—¿Qué hacemos, jefe? preguntó otra voz.
—Le enviamos un mensaje. Un mensaje que nadie olvidará.
El silencio que siguió fue glacial.
—¿Y su familia? preguntó alguien.
—Todos respondió Alejandro con voz carente de emoción. Mujer. Hijos. Nadie desafía al cartel y vive para contarlo.
Camila sintió que la sangre se le helaba. Hijos. Hablaba de matar niños.
Retrocedió, tapándose la boca para ahogar un grito. Era un monstruo. Un verdadero monstruo. ¿Cómo había podido, ni siquiera por un instante, pensar que podía ser otra cosa?
Se giró para huir, pero chocó con algo duro. Un cuerpo.
Levantó la vista. El hombre de la cicatriz la miraba fijamente, con los brazos cruzados.
—¿Qué haces ahí? gruñó.
Camila abrió la boca, pero ningún sonido salió de ella. El hombre la agarró del brazo, arrastrándola hacia la puerta del despacho. Dio dos golpes y luego abrió.
Todas las miradas se volvieron hacia ella. Pero la única que importaba era la de Alejandro.
Sus ojos se oscurecieron. No de ira. Algo peor. Decepción.
—Déjenos ordenó con voz glacial.
Los hombres salieron uno a uno, lanzando miradas curiosas a Camila. El hombre de la cicatriz la empujó al interior y luego cerró la puerta tras él al salir.
Camila se encontró sola con Alejandro.
Él se levantó lentamente, rodeando su escritorio. Su rostro era una máscara de indiferencia, pero sus ojos… sus ojos brillaban con una furia contenida.
—Estabas escuchando dijo. No era una pregunta.
Camila levantó la barbilla, negándose a temblar.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque quería saber quién es usted realmente.
Se acercó, cada paso resonando en el silencio.
—Y ahora lo sabes.
—Sí. Usted es un monstruo.
Se detuvo a unos centímetros de ella, sus ojos hundiéndose en los suyos.
—Quizá. Pero soy el monstruo que te mantiene con vida.
Camila sintió las lágrimas subir, pero las reprimió.
—Va a matar niños murmuró.
Algo pasó en la mirada de Alejandro. Algo que ella no pudo identificar.
—En mi mundo no hay lugar para la piedad. Si muestro debilidad, muero. Y todos los que dependen de mí mueren conmigo.
—Es una excusa patética.
Atrapó su barbilla, forzándola a mirarlo.
—No entiendes nada siseó. Tú vives en un mundo de blancos y negros. Pero mi mundo está hecho de sombras. Y para sobrevivir en las sombras, hay que convertirse en la oscuridad misma.
La soltó bruscamente, apartándose.
—Vete a tu habitación. Y no vuelvas a atreverte nunca más a escuchar detrás de las puertas.
Camila quiso replicar, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. Dio media vuelta y salió corriendo, con las lágrimas ardiendo por fin en sus mejillas.
Esa noche, tumbada en su cama, comprendió una cosa.
Nunca podría amar a un hombre como Alejandro Castillo.
Pero quizá debería aprender a entenderlo si quería sobrevivir.







