La mirada de nuestra vecina no era la que me esperaba, una de total indignación o reproche, estaba sonriéndole a John y él a ella.
─Emmy, el profesor me ha dicho que gusta de ti ─confesó ─, es un buen partido, hija, no te preocupes por mí. Soy una tumba.
─No me fío mucho de usted, le dijo a mi madre que me vio bajar del coche de mi profesor ─recordé.
─No, hija, yo sería incapaz ─aclaró ─, no después de todo lo que el joven ha hecho por mí durante la ultimas noches.
Fruncí el ceño y me volví rígi