Alejandro me llamó una mañana de octubre con una pregunta que no esperaba.
—¿Tienes tiempo esta tarde?
—¿Para qué?
—Para acompañarme a un sitio —dijo—. No es urgente. Ni peligroso. Solo es algo que quiero hacer y prefiero no hacerlo solo.
Fui.
Me llevó al cementerio del sector norte. El que yo no había visitado desde el entierro de mi padre, siete años atrás. Caminamos por los senderos de gravilla en silencio hasta llegar a una lápida que yo conocía: Rafael Martínez. Las fechas. Una frase que A